El otro problema globalizador, es que nuestros padres tenían tres camisas y las remendaban. Que antes había unos tipos que se llamaban “zapateros”, que ponían unas cosas que se llamaban “tapas” a las suelas de los zapatos. Nosotros tiramos las neveras, porque “por el precio de la reparación nos compramos otra”. Sin entrar en lo falso del argumento, pues casi siempre resulta más barato arreglar que sustituir, vamos a la clave: usamos y tiramos la ropa. Y lo hacemos porque la ropa, y la mayoría de los bienes de consumo, son mucho más baratos de lo que eran, y lo son porque se producen, casi siempre, en condiciones deplorables.

Todos vemos las etiquetas con el made in China, Vietnam, Taiwan, o lo que sea, y todos sabemos lo que hay detrás. Hace una década que Naomi Klein firmó un bestseller desgarrador llamado “No logo”. Llevamos mucho tiempo sabiendo las prácticas industriales de Nike, Adidas, The GAP, Tommy Hilfiger, Calvin Klein… y por ello no hemos dejado de comprar esos productos. No les hemos hecho un bloqueo, no nos han parecido indignantes. Es vox pópuli que los niños cosen balones, hacinados en sótanos infectos, en maratonianas jornadas laborales, y nos la ha sudado porque éramos los vencedores en la desigualdad.

Ahora nos dicen que tenemos que ser nosotros los que “cosamos los balones”, los que soportemos una pauperización de nuestros derechos laborales, y entonces nos enfadamos. Les gritamos a los sindicatos, que no se movilizan, y éstos no lo hacen porque nadie sale a la calle, y no salimos a la calle por una razón muy sencilla: somos cómplices de toda esta basura, y lo sabemos. Hemos vivido haciéndonos los gilipollas, como si por no pensar en quién manufacturaba nuestros putos pantalones, las injusticias en su producción no sucedieran, y han ocurrido, eran reales. No salimos a la calle porque nos sentimos responsables, porque sabemos que cavamos nuestra propia tumba. ¿Con qué legitimidad moral vamos a convocarnos a las protestas mediante nuestro iPhone?