Ciudadanía activa frente a los estereotipos negativos sobre población inmigrante

stoprumores

Ciudadanía activa frente a los estereotipos negativos sobre población inmigrante

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photojojo:

Paris-based creative studio Maison Carnot is showing off their home city in the most charming of ways.

Utilizing the legendary Pentax 67 TLR, the team shows you the iconic views of Paris through the camera’s viewfinder.

Paris Seen Through a Vintage Camera’s Viewfinder

via Fubiz

lalalalia:

Ayer leí una noticia repugnante: un inversor, Pavel Curda, acosó a una emprendedora, Gesche Waiyi, a la que había conocido en un evento para startups (un encuentro donde personas con proyectos, mentores e inversores se juntan para conocerse y hacer contactos y negocios). “Me gustas. No me iré de Berlín sin tener sexo contigo. ¿Trato hecho?”, escribió él por email. La noticia añadía que no era la primera mujer a la que enviaba el mismo mensaje, incluía su excusa (“estaba borracho”) y un enlace a otra noticia en la que él afirma estar dispuesto a disculparse “con un gran ramo de flores”.

La de la tecnología es una industria joven en la que, nos contaron, triunfarían los valores de meritocracia, participación e inclusión, en la que las reglas de juego eran nuevas y los errores de la vieja economía no se iban a repetir. Pero resulta que no es así. Esta semana he publicado un reportaje sobre la brecha digital, social y urbana que provoca (con el ejemplo de Londres) y hace ya once meses me dediqué a entender por qué hay muchas menos mujeres (en concreto, mujeres fundadoras de startups) que trabajan, tienen roles importantes o son famosas en ella.

El resultado quedó en este enlace, pero también (y mucho) en mi cabeza. Cuando David me propuso escribir el tema, toda mi reacción fue “¿Que por qué hay pocas mujeres al frente de startups? Pues porque sí”. Él insistió en que había más, en que rascara, y después de leer libros, artículos e informes y, sobre todo, entrevistar a cinco personas (cuatro de ellas mujeres), comencé a ver respuestas y a cuestionarme aspectos a los que nunca había hecho ni caso. El “síndrome de las gafas violetas” es el término con el que el feminismo describe el momento en el que alguien empieza a “ver” lo que hasta entonces era invisible. Y no, no es ninguna locura: yo hace once meses ni me planteaba por qué al hacer reportajes sobre negocios o tecnología todos las fuentes o protagonistas eran hombres. Ahora sé, y aún me queda tanto por aprender, que detrás hay razones estructurales. Terminé aquel artículo con lo que me dijo Guernica Facundo, experta en empresa y género, cuando le agradecí su tiempo y valiosas explicaciones. “Hay una generación de mujeres que habéis vivido en igualdad de acceso a oportunidades, a las que os da mucha rabia que digan que sois una parte de la población que no está tratada igual. Yo tengo 38 años, pero lo veo en mis hermanas de 21 y 22. Ellas me dicen ‘es que siempre estás con el mismo rollo’. Lo viven como que ‘a mí nadie me tiene que regalar nada, no me tienen que dar más importancia por ser chica’. Y yo les digo que sí, que eso es cierto. Pero lo que tenéis que ver es que hay oportunidades que no estáis pudiendo aprovechar no por el hecho de ser chicas, sino porque hay toda una serie de prácticas y estructuras detrás que funcionan como una máquina”.

Ahora volvamos a ayer. La noticia de la emprendedora acosada por el inversor coincidía con a) una denuncia por violación múltiple (cinco chicos a una chica que salía de trabajar en la feria de Málaga) archivada b) los tuits de una periodista contando dos casos de machismo de esa misma mañana: un chico proponiéndole un café en la biblioteca y un señor llamándola ‘preciosidá’ por la calle. Las tres – emprendedora en evento de networking, trabajadora de Málaga, periodista en la biblioteca - vivieron una situación machista. Yo no he hablado con ningúna así que no escribiré sobre ellas, pero sí he vivido otras historias y reflexionado suficiente sobre el tema para, con “gafas puestas”, explicarlo desde mi punto de vista.

*

Nunca he tenido miedo a ir por la calle o volver a casa sola. Jamás. Crecí en una ciudad dormitorio extremadamente segura y lo último que se me pasa por la cabeza cuando salgo es que alguien vaya a robarme y mucho menos a violarme. Tampoco cuando he vivido en el centro de Madrid o ahora, en Londres. En Amberes (Bélgica) vi el peligro una noche que pegaron y atracaron a un amigo en mi portal. Salía, por cierto, de casa de mi vecina: ella tenía claro que a esas horas no quería volver sola así que él la acompañó.

Yo no me siento vulnerable ni insegura en un espacio público, pero hay otros momentos en los que, vaya, sí. Como periodista, como trabajadora autónoma o como simple persona sociable, suelo quedar con gente “del sector” con la que tengo algo que ver. A veces no pasa nada, otras veces nacen ideas o fuentes para artículos e incluso alguna vez consigo clientes (¡dinero!) para los que escribir. También he hecho buenas amistades. No sé si es por el sector en el que me muevo o por qué, pero el caso es que esta gente son, casi siempre, hombres.

Hace varios meses, en una de estas, el tipo con el que había quedado me acompañó al portal de mi casa, me agarró por la espalda e intentó entrar. Le mandé al carajo, me subí a dormir y al día siguiente, indignada, se lo conté a mis compañeras de piso. “Chicas, ¡yo sólo quedo por tomar algo y charlar! ¡Con alguien con quien tengo algo en común y de donde pueden salir historias, trabajo o amistad! ¿Por qué interpreta que quiero ALGO?” Y entonces me dijeron: “Analía, ten cuidado, porque si quedas y además tomas copas ellos lo interpretarán de otra manera”. Así empecé a percibir que, a ojos de muchos hombres, yo era primero una chica y luego ya, si eso, una persona que se relaciona con su entorno profesional o simplemente es sociable. Al mismo tiempo, muchas amigas en sectores masculinizados (arquitectas, ingenieras, banqueras) me han contado cómo son casi invisibles: son “las chicas” y en las reuniones los clientes miran al hombre antes que a ellas. Es lo que le pasó a Gesche Waiyi: en un evento de negocios, ella es invisible como emprendedora pero visible como tía a la que proponerle sexo. El inversor vio una mujer a la que tirarse, y luego ya, si eso, a una persona con un proyecto empresarial tan válido (o no válido) como el de los hombres que había allí. ¿Sabe alguien de jóvenes emprendedores acosados por inversoras? Yo tampoco.

*

Este post no nació ayer. Hace tres semanas tuve una reunión en mi oficina. Ahora trabajo en una empresa en la que hacemos tests de usuario – viene gente que usa nuestra app y vemos cómo se relacionan con ella y qué podemos mejorar – así que invité a un conocido a pasar, tomar café, hacer un pequeño test, hablar sobre proyectos y, ya que estábamos, ver cómo su empresa y la mía podían colaborar. Al cabo de dos días volvió a escribirme preguntando qué tal estaba. Respondí que muy liada y en un intento de ¿ser majo? me dijo algo así como que me pusiera una capa de superhéroe o “una toalla” y saliera a por todas. No sé si es la mejor manera de ligar (a mí no me lo parece), pero no nos desviemos, que la narrativa no es “chico lo intenta con chica y no se le da bien”.

Yo no respondí. Tres horas después, volvió a escribir.

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(Unos días después, vino a la oficina a reunirse con mi jefe y me trajo bombones y una carta de disculpa).

No me siento vulnerable cuando vuelvo sola a casa, pero la experiencia ha hecho que cada vez que tengo una entrevista o reunión con un hombre encienda mi radar de “cuidado: podría pensar que quieres algo”. Y es un rollo. ¿Qué te hace pensar que es así? ¿Por qué no me ves como una igual? ¿Por qué soy primero una chica y luego ya, si eso, todo lo demás?

Dice Elena que muchos hombres tienen una empresa, Follar SL, y que todos sus movimientos son como inversiones con un único interés (follarte) que predomina sobre cualquiera que tú puedas tener. Es lo que tratamos de explicar cuando dicen que la trabajadora de Málaga “consintió” que la acosaran entre cinco, cuando comentan que el inversor sólo quería ligar y que si la emprendedora lo cuenta en la prensa “quiere llamar la atención” o cuando se empeñan en que proponer un café mientras estudias o llamarte preciosidad mientras paseas por la calle es “educación”. En todos los casos hay una posición de poder de un hombre que asume su derecho a acosarte, a escribirte emails para tener sexo o a incordiarte en la biblioteca y en la calle. Y no, tú no has dado vía libre. Si tuvieras interés no lo denunciarías, ni lo contarías en prensa ni te quejarías en Twitter. Tampoco yo contaría aquí que un tío me pidió un selfie si hubiera querido algo con él.

Si piensas que soy una borde, una exagerada o que voy de víctima, no has entendido nada pero puedes leer más: esta conversación explica por qué proponer un café puede ser molesto, la noticia sobre el inversor acosador analiza qué pasa en la industria tecnológica que es tan desigual y la web Me han violado describe la cultura de la violación. Algo más: Pikara es una revista escrita con perspectiva feminista y con la que puedes aprender un montón.

Que no te engañen: el feminismo no es malo. El feminismo es preguntarse por qué la sociedad es como es, buscar respuestas y hacer visible lo invisible. Si crees en la igualdad, no te queda otra que creer también en ello.

En las fotos, Naiara, Bea y Elena, con quienes hablo mucho de estos temas y me saco selfies cuando me apetece.

Besos,

Lía

Anónimo ha dicho: Oye, las fotos estan bien aunk hay cosas corregibles pero una pregunta: donde encuentras tias guarras que se despeloten para que les hagas fotos? es ke a mi me cuesta bastante sin que sean vastas, y las tuyas parecen normales y estan buenas. Te las follas tambien?

runawaywithacircus:

Querido Anon,

No suelo contestar este tipo de mensajes, de hecho no suelo contestar mensajes en público, pero el tuyo es tan sumamente repulsivo al tiempo que esta tan entroncado con una realidad de género trístemente presente en nuestra sociedad, que he decidido hacerlo aunque sólo sea por dejar meridianamente claro aquí lo que pienso de la gente como tú y de paso hacer un poco de pedagogía, o directamente desanimar a elementos similares de que me escriban mensajes con esta clase de contenido.

Es divertido que empieces tu mensaje demostrando que no solo eres capaz de ser engreído y condescendiente con las mujeres, porque traza aún mejor el tipo de personaje que eres. Las mujeres que aparecen en mis fotografías, vestidas o desnudas, son mis amigas, mis clientas, mis compañeras de proyecto creativo, cuando no directamente parejas o familiares. Igual a tí te estalla la cabeza de alfeñique esa que tienes al leer esto, pero ninguna mujer es una “tía guarra” porque aparezca desnuda en una foto. Mis imágenes no son, menos las que comparto aquí, particularmente eróticas o pornográficas, pero aunque estas mujeres decidieran posar para mí en una temática abiertamente sexual, seguirían sin ser “tias guarras”. El único guarro, por lo que a mi respecta, en este ecuación, eres tú.

Eres tan machista y tan cretino, que incluso te atreves a calificar a las mujeres que, a saber por que motivo, deciden posar para tí de bastas (porque eres tan ignorante que no sabes ni escribir tus insultos) y, por oposición, anormales y feas. Quizás no te has dado cuenta, pero puede que la razón por la que encuentres tantos problemas a la hora de dar con mujeres que posen para tí sea que eres un hombre irrespetuoso, que cosifica a las mujeres, que menosprecia a toda aquella que no cumpla tu canon de belleza (exactamente lo contrario de lo que un fotógrafo de verdad haría), que convierte la fotografía en un pretexto para ver carne y si es posible probarla (no quiero ni imaginar lo que estarás dispuesto a hacer para conseguirlo), y que desprecia con comentarios denigrantes a toda aquella mujer que cumpla aquello (lo único) que requieres de ellas.

Anon, te presentas en la puerta de mi casa virtual, representando todo aquello que yo desprecio de mi propio género, como un putificador, como un abanderado de la cultura de la violación, de la cosificación de los cuerpos femeninos, insultas a mis amigas, mis clientes, mis compañeras, mis parejas y mis familiares y te atreves a preguntarme que es lo que a mi me funciona y a tí no. A mi me funciona no ser tú, no buscar lo mismo que tú, no tener el cerebro tan lleno de mierda como tú y andar un camino en la vida, en mi profesión, que no es ni será jamás el que andas tú. Los hombres que tu eres, a los que tú representas, son la vergüenza de esta profesión, gente a la que no habría ni que dejar acercarse a una cámara, a una mujer y, en términos generales, a ningún otro ser vivo.

Si me sigues, deja de hacerlo. No vuelvas por aquí, no me ensucies los ojos con tu miseria. Y no vuelvas a presentarte a la puerta de mi casa porque la próxima vez igual decido hacer lo único sensato que se puede hacer con alguien como tú: cortártela.

natgeotravel:

Dream scenes from Bolivia’s Salar de Uyuni.

mymodernmet:

In 2006, Tokyo-based photographer Asako Shimizu was finally able to fulfill her dream of traveling to Bolivia’s Salar de Uyuni, the largest salt flat in the world. There, inspired by the spectacular image of the seemingly endless horizon, as well as her relationship with the Earth, Shimizu captured a series of stunning photographs titled On Her Skin.